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LAS ÓRDENES MILITARES EN LAS NAVAS DE TOLOSA

 
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wad ras





Registrado: 31 Dic 2010
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Ubicación: Granada (España)



MensajePublicado: Lun Mar 07, 2011 2:42 pm    Asunto: LAS ÓRDENES MILITARES EN LAS NAVAS DE TOLOSA Responder citando

Todos conocemos del resultado final victorioso para las armas españolas de la Batalla de las Navas de Tolosa , e incluso son relativamente conocidos algunos episodios concretos del lance, como el heroico asalto final a las cadenas del palenque del Miramamolín almohade. También suele tomarse nota de las consecuencias de esa victoria sobre la empresa centenaria de la Reconquista patria, a saber, el impulso final al acabar con la amenaza integrista almohade, y la apertura del Valle del Guadalquivir a las tropas de los Reinos cristianos. Pero en cambio no suele destacarse la enorme trascendencia de los primeros movimientos de la batalla.

En particular, en una de sus primeras fases, particularmente delicada y crítica, se sentaron la bases sin las cuales no se habría podido vencer. Se trata de un episodio heroico, digno de alabanza en la gloriosa tradición de las armas españolas, caracterizado por un ejemplo supremo de sacrificio colectivo en aras de la victoria final.

Situémosnos en el contexto exacto. La primera línea cristiana, compuesta en su práctica totalidad por los caballeros de las Órdenes Militares del Temple, Hospital, Santiago y Calatrava, acaba de desbaratar con relativa facilidad la primera embestida enemiga. Y decimos con facilidad pues el enemigo había lanzado en masa a los voluntarios andalusíes, soldados bisoños y de escasa calidad profesional, seguramente con vistas a desgastar al contingente español.

Una vez borrados de la faz de la tierra las huestes andalusíes de la primera oleada, los Jefes almohades se sonríen para sí. "Ahora, cuando están cansados, y creen haber suprimido nuestra capacidad de ataque, les enviaremos a nuestros almohades de élite, fanáticos y bien entrenados soldados, en formaciones cerradas y masivas, que destrozarán sus líneas. Entonces, mandarán a sus reservas de caballería, que se desgastarán en un combate cerrado para el que no están preparadas. Y debilitados al máximo, mandaremos a nuestra caballería a dar el golpe final".

Buena razón tenían los jefes almohades para razonar de esa forma. Al fin y a la postre, esa misma fue la táctica que tan óptimos resultados les había dado en la batalla de Alarcos, diecisiete años antes, de tan infaustos recuerdos par la tropa española. El desastre de Alarcos obsesionaba al Rey Alfonso VIII de Castilla, y los estrategas de la corte se habían juramentado a no repetir la receta. Por eso, Alfonso VIII partió a las Navas de Tolosa con una ídea inamovible: O VICTORIA, O MUERTE.

Los estudiosos militares de las Cortes de los Reinos Cristianos se habían esforzado en analizar las causas del desastre de Alarcos, y su dictamen fue unánime: el desgaste de la reserva cristiana de caballería en sus ataques iniciales había debilitado al ejército, dejándolo expuesto al cerco final a manos de la caballería almohade. La receta para no repetir ese error era lógica: era imprescindible, vital, imperativo, preservar la reserva de caballería cristiana para el golpe en el momento decisivo, sin precipitarla a combates en masas cerradas de infantería en donde tienen perdida su iniciativa. Habría, pues, que resistir con la cabeza fría, todos los embates, provocaciones y fintas iniciales de la tropa almohade, por duras que fuesen. Y eso implicaba, en buena lógica, que las primeras líneas de infantería cristiana estuvieran compuestas por lo más cualificado de los ejércitos cristianos, soldados profesionales, motivados, con el ánimo bien templado, con una sangre fría enorme, y con sumo espíritu de sacrificio.

¿Quiénes de entre la hueste cristiana reunían esas aptitudes? Los estrategas llegaron rápidamente a la conclusión: la tropa de élite de las Órdenes Militares. Soldados acostumbrados al combate contínuo de frontera, enormemente disciplinados, motivados al máximo por su formación cristiana militante. O ellos o nadie. Así de claro.

Al llamamiento de la Cruzada concurrieron los Caballeros de las Órdenes de Santiago, Calatrava, Hospital y del Temple. Y se les expuso su papel esencial en el plan de operaciones, que aceptaron sin rechistar, con profundo sentido del deber patrio y resignación cristiana. Seguramente, muchos de esos valientes caballeros, en su interior se consolaban pensando que, si su resistencia inicial era muy dura, ello tal vez restaría motivación a la tropa almohade, y finalmente no se lanzarán en masa al ataque. Y ese deseo, humano y comprensible, pero en modo alguno manchado de cobardía o deshonor, tal vez se reforzó al verificar la facilidad con que se habían deshecho de la primera oleada enemiga. Pero los caballeros más veteranos presentían que no era así, que sólo habían topado con lo más fácil, y la prueba de verdad se avecinaba.

En efecto, la fanática tropa almohade se lanza hacia las primeras líneas cristianas, en sucesivas oleadas, cada cual más numerosa que la anterior, en la esperanza de que la reserva cristiana muerda el anzuelo y se decida a entrar a saco en ese embrollo. Y acá es cuando se masca el sacrifico heroico que luego fructificó en la victoria.

El Rey Alfonso VIII casi llora de rabia cuando ve lo que acaece: las primeras líneas de templarios, santiaguistas, hospitalarios y calatravos han sido literalmente absorbidas por las oleadas almohades. La sangre del Rey hierve, no puede contemplar impasible como aquellos compatriotas están siendo masacrados de esa forma.

El Rey se vuelve hacia sus asistentes: "¡Señores, rápido, que mi caballería acuda al rescate de esos valientes!". Pero en ese momento, el Arzobispo de Toledo, Jimenez de Rada, un notable experto en artes militares, pone su mano sobre el crispado brazo del Rey y clama: "No, Majestad, por Dios bendito no mandéis ahora a nuestras reservas, es fundamental guardarlas para el próximo golpe!". El Rey, fuera de sí, se deshace del brazo del Arzobispo, y colérico replica: "¿Cómo osáis eso? ¿Acaso no ve Su Eminencia lo mismo que Nos? ¡Por Dios, están siendo masacrados ante nuestros propios ojos!. El Arzobispo, que en todo momento guarda una serenidad pasmosa, con un triste media sonrisa, contesta al Rey: "Majestad, a eso venían, lo sabían, y al Altísimo se confiaron en esa misión. Os ruego, os clamo, os imploro, que no hagáis estéril su sacrificio. Rindámosles el tributo mejor con la victoria sobre el almohade." El Rey se muerde los labios hasta sangrar, y sus lágrimas de frustración pugnan por salir. El resto de asistentes apoyan al Arzobispo: "Majestad, no es el momento, si así ordenáseis, el desastre de Alarcos se volverá a cernir sobre nuestras cabezas, y con ello selláis el destino de España y la Cristiandad."

Aun discutía con fervor el Rey cuando el Arzobispo le exhorta del siguiente modo: "Majestad, ved como se baten". El Rey apura su vista en dirección a la primera línea cristiana, y lo que allí vislumbra no lo olvidará jamás. Las compañías de las Órdenes Militares estaban siendo mermadas por la aplastante superioridad numérica almohade, pero NADIE, ABSOLUTAMENTE NADIE, rompe la formación de combate. El Rey comprende cabalmente lo que pasa por las mentes de esos bravos: están combatiendo como leones, son conscientes de que morirán todos, pero son felices porque mueren como soldados, y ofreciendo su sacrificio desgastan el ataque principal, a la vez que con su ejemplo supremo enaltecen al resto de la hueste cristiana. No hay caras de tristeza, ni de abatimiento, ni de desmoralización en esos calatravos, santiaguistas, templarios u hospitalarios; antes al contrario, una sonrisa serena, en la certeza de que su sacrificio es LA VICTORIA.

Lo que después sucedió ya lo sabemos. La heroica defensa de las Órdenes Militares, aun al precio de su total exterminio, ha desgastado sin remedio al ataque enemigo, que ahora ha quedado expuesto a la carga final de la caballería pesada cristiana. Y esa carga contra la posición final del palenque consuma la victoria total de los españoles. Su sacrificio no fue inútil. Sin ese sacrificio inicial, sin la templanza y sangre fría de los mandos a la hora de preservar las reservas de caballería, el resultado hubiera sido bien distinto.

¡HONOR Y GLORIA A LOS CABALLEROS DE LAS ÓRDENES MILITARES!



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MensajePublicado: Lun Mar 07, 2011 6:02 pm    Asunto: Responder citando

Excelente y vibrante homenaje a nuestros héroes.

Gracias, Wad.



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MensajePublicado: Lun Mar 07, 2011 11:08 pm    Asunto: Responder citando

Muy bueno, como complemento si se me permite, os recomiendo que leais el artículo llamado "la carga de los 3 reyes" de Arturo Perez Reverte.


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