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Los Celtíberos

 
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Xoel_1988





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MensajePublicado: Mar Feb 15, 2011 5:30 pm    Asunto: Los Celtíberos Responder citando

Ahí va otro trabajo que he hecho este curso. Es una explicación bastante genérica de los aspectos má destacados de los Celtíberos y su evolución a lo largo del tiempo. Quizá habría sido mejor centrarme en uno de los muchos aspectos tratados, pero me gusta hacer estas cosas que ayudan a hacerse una idea básica de todo el tema...

Espero que sea de vuestro agrado y ayude a hacer un primer acercamiento a esta cultura tan importante en nuestra Historia a quien no la conozca ya.


LOS CELTÍBEROS

INTRODUCCIÓN

El objetivo del presente trabajo es hacer una breve síntesis sobre la historia y las distintas manifestaciones políticas, económicas, sociales y culturales de los celtíberos, uno de los pueblos -o más exactamente, conjunto de pueblos- que habitaban la Península Ibérica durante un período que podemos incluir entre la Prehistoria Reciente y la Historia Antigua, sin entrar a analizar exhaustivamente ninguno de esos ámbitos, puesto que sería difícil de lograr en este escrito.

Antes de comenzar a explicar el tema en si, habría que mencionar a algunos de los principales historiadores que se han encargado de estudiar a los celtíberos de un modo ya crítico desde comienzos del siglo XX (el marqués de Cerralbo, Schulten, Caro Baroja…), aunque los más destacados son más recientes, como Alberto J. Lorrio Alvarado, Francisco Burillo Mozota, Martín Almagro-Gorbea, etc., que han permitido con sus obras el avance del conocimiento sobre ese pueblo.

En primer lugar, y ya entrando en materia, lo más adecuado es explicar el propio término de “celtíbero”, que lo encontramos por vez primera en fuentes escritas grecolatinas (hay que mencionar la obra de Estrabón, Tito Livio, Plinio, Diodoro, Apiano, Marcial, etc.), y con el que se hace referencia a los habitantes de un territorio que los geógrafos de la época denominan “Celtiberia”. Sin embargo, y pese a la aparente simpleza de esta definición, los investigadores no tienen claros los criterios que se emplearon para llegar a ella, especialmente por la existencia de algunas informaciones contradictorias, lo que dificulta en gran medida el análisis. Para Diodoro, Marcial o Apiano, el término “celtíbero” tendría que ver con un grupo mixto -estos autores consideran que eran celtas mezclados con íberos-, mientras que para Estrabón prevalecería el elemento céltico. El término habría sido creado por los escritores clásicos para dar nombre a un conjunto de pueblos hostiles a Roma, o tal vez para referirse a todos los celtas de la Península Ibérica, si bien no eran el único pueblo de esta etnia que habitaba en ella. Con el paso del tiempo, la concepción ha cambiado, y aunque para algunos autores actuales el concepto no remite a una unidad étnica, para otros sí se trataría de un grupo de estas características, ya que incorpora entidades de menor categoría. De todos modos, los pueblos que se incluirían bajo el término genérico de “celtíbero” no están aclarados en la medida que sería necesario –como posteriormente se comentará de manera algo más detallada-, siendo aceptados habitualmente Arévacos, Belos, Titos, Lusones e incluso Pelendones, mientras que otros como Vacceos, Olcades o Carpetanos son asimismo incluidos por algunos autores.


Las fuentes empleadas para el estudio de los celtíberos son esencialmente los escritos que hay sobre ellos (como anteriormente se ha comentado, destacan las obras de varios geógrafos e historiadores antiguos), los vestigios arqueológicos y la lingüística (aspectos estos dos últimos que serán desarrollados ulteriormente en el presente trabajo), y es necesario tenerlas en cuenta a todas ellas para poder llegar a conclusiones lo más verosímiles posible.



CONTEXTO GEOGRÁFICO Y CULTURAL

Definir el territorio que habitaron los celtíberos resulta prioritario. Las distintas fuentes escritas anteriormente mencionadas proporcionan una valiosa información ya de finales, eso sí, del mundo celtibérico, y han de contrastarse con los datos lingüísticos, epigráfico y arqueológicos para poder llegar a unas conclusiones más fiables, ya que en más de una ocasión los autores clásicos acercan informaciones contradictorias, sobre todo porque en un primer momento se denomina Celtiberia a un territorio algo impreciso. En su conjunto, la Celtiberia se configura como una región geográfica situada en las tierras altas de la Meseta Oriental y el margen derecho del Valle Medio del Ebro, por lo que la podemos ubicar en la actual provincia de Soria, buena parte de Guadalajara y Cuenca, la parte oriental de Segovia, el sur de Burgos y La Rioja y el oeste de Zaragoza y Teruel, llegando incluso a alcanzar la zona noroccidental de la provincia de Valencia. El análisis de las etnias consideradas como celtibéricas, y su delimitación mediante las ciudades que se les adscriben a cada una de ellas, permite determinar unos límites para la Celtiberia que, eso si, no se pueden considerar como estables ni definitivos. En este sentido pueden valorarse los apelativos que acompañan a ciertas ciudades, haciendo referencia al carácter limítrofe de las mismas, como Segobriga, caput Celtiberiae, en Cuenca, Clunia, Celtiberiae finis, en Burgos, o Contrebia Leucade, caput eius gentis, en La Rioja. También hay que mencionar –en un apartado posterior del presente trabajo se tratará de un modo un poco más extenso- la habitual división que se hace de la Celtiberia en Ulterior y Citerior, división hecha por los romanos según su mayor proximidad o lejanía de la Urbe, pero no se puede afirmar con rotundidad que se correspondiera con la realidad de los pueblos celtíberos, si bien hay ciertos indicios de que podrían indicar cierta diferencia entre la zona del valle del Ebro (a grandes rasgos, la Citerior) y la zona oriental de la Meseta (la Ulterior).

Dentro del contexto celtibérico, tal y como anteriormente se ha mencionado, hay que señalar que hay ciertas diferencias entre los pueblos que lo componen, lo que –sumado a las contradicciones de las fuentes- ha provocado una polémica entre los investigadores sobre la adscripción de algunos de ellos a la cultura celtibérica, e incluso sobre el área geográfica donde cada uno de ellos se asentaba. De todos modos, son comúnmente aceptados Arévacos, Belos, Titos, Lusones y Pelendones, aunque de un modo poco habitual, otros como Vacceos, Olcades e, incluso, Carpetanos, son incluidos entre los mismos.

Quizá para hacerse una idea mejor del contexto geográfico en el que podemos situar a los celtíberos es útil leer directamente lo escrito por el geógrafo Estrabón, en el capítulo dedicado a Iberia en su “Geografía”:
“Divididos los propios celtíberos en cuatro partes, los más poderosos se encuentras hacia el este y hacia el sur, los arévacos, que lindan con los carpetanos y con las fuentes del Tajo. Su ciudad e más renombre es Numancia. Demostraron su valor en la guerra celtibérica contra los romanos, que se prolongó veinte años: pues fueron destruidos numerosos ejércitos con sus generales, y al final los numantinos resistieron asediados hasta el fin salvo unos pocos que hicieron entrega de la muralla. (También al este se hallan los lusones, que lindan también con las fuentes del Tajo). A los arévacos pertenecen también las ciudades de Segeda y Palantia. Numancia dista de Cesaraugusta, que dijimos que se levanta junto al Iber, unos ochocientos [***] estadios. También Segóbriga y Bílbilis son ciudades de los celtíberos, cerca de las cuales Metelo y Sertorio hicieron campaña. Polibio, en su descripción de los pueblos y localidades de los vacceos y de los celtíberos, añade a las demás ciudades también Segisama e Intercatia. Por su parte, Posidonio afirma que Marco Marcelo recaudó un tributo de Celtiberia de seiscientos talentos; se puede inferir de ello que los celtíberos eran numerosos y nadaban en la abundancia, aunque habitaban un territorio poco fértil. Pero cuando Polibio afirma que Tiberio Graco destruyó trescientas de sus ciudades, Posidonio se burla y afirma que con ello dicho individuo pretendía congraciarse con Graco, llamando ciudades a las torres fortificadas, como en los desfiles triunfales. Y quizá no es increíble esta afirmación: en efecto los generales y los historiadores se dejan arrastrar con facilidad a esta clase de mentira, embelleciendo los hechos.” .



PERIODIZACIÓN

Para comprender mejor el mundo celtibérico resulta útil, en primer lugar, tener clara una periodización en la que enmarcar cada uno de los elementos que lo caracterizarán. Resulta complicado establecer una periodización más o menos exacta de la cultura celtibérica, pero según algunos de los investigadores más destacados (por ejemplo, A.J. Lorrio), podría subdividirse en los siguientes períodos históricos:

Protoceltibérico (ca. siglos VIII/VI-mediados del VI a. C.): tras el fin de “Cogotas I” -cultura característica del Bronce Final en la Meseta-, empieza a apreciarse en impacto de la “Cultura de los Campos de Urnas” del Hierro en ciertos tipos de cerámicas y por motivos y técnicas de decoración en un momento que será clave para la formación de la que posteriormente será cultura celtibérica, pero que, pese a su importancia, es bastante desconocido.

Fase Inicial o Celtibérico Antiguo (ca. mediados del siglo VI-mediados del V a. C.): comienzan a aparecer en la Meseta oriental y el Sistema Ibérico una serie de novedades que afectan a los patrones de asentamiento –aparecen un buen número de poblados de nueva planta y los primeros asentamientos que se pueden calificar de estables en la zona-, al ritual funerario y a la tecnología -con la adopción de la metalurgia del hierro-. Asimismo, se produjo una transformación social, con la llegada y el desarrollo de una organización de tipo gentilicio en la Meseta, entendida como una organización familiar aristocrática basada en la transmisión hereditaria que contribuyó a reforzar la jerarquización existente en la estructura socioeconómica local, proceso potenciado por el influjo del comercio. También hay que señalar la existencia de aportaciones de diversa procedencia y tradiciones culturales variadas, incluyendo elementos orientalizantes.

La fase de desarrollo o Celtibérico Pleno (ca. mediados del siglo V- finales del III a. C.): ya durante el siglo V a. C. se empiezan a poner de manifiesto ciertas variaciones regionales que permiten definir grupos culturales en ocasiones vinculables con los populi mencionados por las fuentes literarias grecorromanas anteriormente referidas. En este período se advierte una creciente diferenciación social -manifestada esencialmente en las necrópolis, con la aparición de tumbas aristocráticas-, así como un aumento de la densidad de población y una ocupación más sistemática del territorio. Desde finales del siglo V a.C. se empieza a observar el progresivo desplazamiento de los centros de riqueza hacia las tierras del Alto Duero -posiblemente por la eclosión del populi de los Arévacos-, al mismo tiempo que se produce una cierta “celtiberización” de algunas zonas que al final de esta fase presentarán características uniformes con el resto del territorio celtibérico (como es el caso del Norte de la actual provincia de Soria o el Valle Medio del río Ebro).

La fase final o Celtibérico Tardío (ca. finales del III- siglo I a. C.): es una etapa de transición y cambio en el mundo celtibérico, con tendencia hacia formas de vida cada vez más urbanas, y en relación con este proceso estaría la probable aparición de la escritura. Hacia finales de este período, alrededor del 133 a.C., el proceso romanizador se hace cada vez más evidente, y culminará en el siglo I d. C., en el que los antiguos oppida celtibéricos de Bilbilis, Vxama, Termes o Numantia ya se han convertido en ciudades romanas –e incluso alcanzando el rango de municipium.



ESTRUCTURA SOCIO-POLÍTICA


En el mundo celtibérico se pueden diferenciar cuatro niveles de identidad territorial integrándose los inferiores en los superiores de forma sucesiva –como indica el investigador F. Burillo Mozota-, de modo que excluyendo a la casa un demás unidades menores de hábitat, se podrían señalar y distinguir, de mayor a menor, la Celtiberia, la subdivisión de ésta en Citerior y Ulterior, los populus y las ciudades. Sin embargo, pese a que estas unidades son fáciles de identificar, no lo es tanto definir la articulación social y política que tenían.

El nivel más alto es la propia Celtiberia en si como unidad territorial, aunque no hay que pensar, como hicieron una parte de los escritores clásicos, que es una zona uniforme; hay grandes diferencias en su seno, pero no por ello deja de ser un nivel más o menos diferenciado. Generalmente se asocia a la Celtiberia a la Meseta, pero en realidad, y como anteriormente se ha comentado, no hay que olvidar que en ella se deben incluir también el Valle Medio del Ebro y la zona del sistema Ibérico. No existen pruebas de una coalición estable entre todos los pueblos celtíberos, aunque más de un autor lo han sugerido; más bien parece que las alianzas fueron excepcionales y para hacer frente a un enemigo común, y las referencias a la monarquía que algún autor como Orosio deben ser entendidas como un “caudillaje militar”.

La división de la Celtiberia en Citerior y Ulterior –siendo la primera la zona del Valle Medio del Ebro y su entorno, y la segunda la zona oriental de la Meseta- la menciona ya Tito Livio, y la dualidad entre las dos zonas nos muestra el criterio de clasificación territorial hecho por los romanos en función del avance de su conquista y, agrandes rasgos, la línea divisoria estaría marcada por el Sistema Ibérico. De todos modos, la diferenciación entre estas dos zonas parece que es bastante acertada, ya que las divergencias entre los pueblos que habitaban una y otra se pueden apreciar en la lengua y la escritura (Untermann realizó un estudio en el que mostraba las diferencias en este ámbito), las necrópolis (cuyo número es muy superior en la Meseta), la economía (aunque este punto es muy discutido, porque la zona de más temprana conquista es lógico que avanzase en este ámbito más rápidamente) o incluso en elementos políticos (el distinto comportamiento de los pueblos celtíberos, como los enfrentamientos del 152 a.C. entre Arévacos por un lado y Belos y Titos por el otro, lo que es clara muestra de que, pese a las alianzas ocasionales, normalmente las disputas entre los pueblos de una zona y otra eran habituales, aunque no haya un comportamiento del todo homogéneo en cada uno de ellos).

En cuanto a los populi, hay que decir que éste –y los demás término empleados: etnos y genos) hay sido traducidos como tribu, con las connotaciones sociopolíticas que esto conlleva, pero esto no está del todo claro. Los autores clásicos que hacen referencia a estos populi suelen cifrarlos en cuatro: Lusones, Belos y Titos, situados en la Citerior –y con ciertos problemas de adscripción de algunas ciudades e cada uno de ellos-, y Arévacos –que al parecer tenían sometidos a otros pueblos, como los Pelendones- en la Ulterior, aunque algunos consideran que son cinco, lo que ha provocado polémicas sobre qué pueblo podría ser el quinto (los ya citados Pelendones, los Vacceos, los Berones, etc.), y salvo casos excepcionales, desconocemos cómo eran las relaciones entre los populi.

En el caso de las ciudades, su aparición no se debe a la conquista romana –las fuentes nos hablan de su presencia en la primera incursión en 191 a.C. de varias de ellas, como Numancia,- se suele considerar como momento más probable de sus eclosión en la Celtiberia en siglo III a.C., si bien será en las dos centurias posteriores en las que alcanzarán un mayor desarrollo. La ciudad celtibérica es el centro de un territorio en el que hay asentamientos de menor entidad al que controla, de modo que, según algunos autores, se podría asimilar en cierta medida al concepto de polis griega. La autonomía de las ciudades incluso en materia militar y de acuñación de moneda es muy amplia a juzgar por las referencias de los autores latinos, pero –al igual que sucedía con los populus- se desconocen las relaciones entre las distintas ciudades, pese a que ya en un momento más reciente –al que pertenece el “Bronce de Contrebia”, del 87 a.C.- prácticamente han sustituido a los populi como verdaderos centros políticos y administrativos. No se sabe demasiado sobre el gobierno de las ciudades, pero contamos con un testimonio excepcional en un bronce latino hallado en Contrebia Belaisca, en el que se menciona la existencia de un praetor (Lubbo, de los Urdino, hijo de Letondo, y cinco magistrados que formarían parte del senado), mientras que en el bronce indígena de ese mismo núcleo aparece la palabra bintis como sinónimo de “magistrado”.

En cuanto a las unidades de parentesco, éstas han sido estudiadas gracias a las inscripciones conservadas. Para nombrar a un determinado individuo, lo más frecuente es poner el nombre de la persona y detrás de él un genitivo plural que corresponde al grupo al que pertenece, habitualmente seguido del nombre del padre en genitivo, muestra de que nos encontramos ante un sistema de filiación patrilineal. Pese a las distintas investigaciones en este sentido, todavía no se sabe con seguridad cuáles son las funciones de estos genitivos en plural, que son los que diferencian mejor a cada individuo, ya que su identificación con las gentes o el territorio no parece adecuado.

Asimismo hay que señalar la existencia entre los celtíberos de formas específicas de relación tanto entre populi como entre ciudades, como eran el caso de los pactos de hospitalidad u hospitium, la clientela y la devotio:

El hospitium o “pacto de hospitalidad”, al que Diodoro ya hacía referencia, es conocido gracias a las “téseras de hospitalidad” -generalmente hechas en bronce o en plata, y que tenía una gran diversidad de formas-, y permitía adquirir los derechos de un grupo gentilicio a otros grupos o individuos. Ambas partes contraían derechos mutuos sin que la personalidad propia se perdiera, de modo que no se trataba de una adopción. Quizá el caso más destacado es el “Bronce de Luzaga”.

Otra forma de relación la constituyen las clientelas, que frecuentemente tenían un carácter militar, se pueden definir como comitivas constituidas en torno a los individuos más importantes de una comunidad tribal. La relación entre estos individuos era una relación contractual basada en la desigualdad de riqueza y posición social de ambas partes; el jefe normalmente debía alimentación y vestido a sus seguidores, mientras que éstos le debían apoyo incondicional.

En el caso de la devotio, era una clase especial de clientela. Al ya mencionado elemento contractual de la clientela se añadía un vínculo religioso, por el cual los clientes de un jefe tenían obligación de seguirles a la batalla y de no sobrevivirle en caso de que éste muriera en combate. Esta institución tenía similitudes con otras del mundo céltico.



HÁBITAT

Los asentamientos celtíberos no presentan una gran uniformidad, debido tanto a factores funcionales como estratégicos, y a la gran jerarquización de los espacios habitados.

Las fuentes clásicas anteriormente mencionadas hacen referencia a varias categorías en el hábitat celtibérico, dividiendo los asentamientos en grandes concentraciones o ciudades –denominadas urbes, civitates o poleis- y en centros más reducidos, aunque de distinto tamaño –Tito Livio los denomina vici, turres y Castella, Estrabón menciona también los megalaikomai-, habiendo una diferencia considerable entre los núcleos de la primera y la segunda categoría (lo habitual era que las ciudades alcanzasen 15-20 hectáreas –con casos extremos como Fosos de Bayona, en Cuenca, de 45 ha- y los núcleos más reducidos no superasen las 2 ha). Esta diferenciación se debe al ordenamiento fuertemente jerarquizado del territorio, que en el momento de llegada de los romanos está en desarrollo, lo que provocará cierta transformación debida a la cada vez más profunda romanización.

Los distintos asentamientos celtíberos fueron erigidos según condicionamientos eminentemente militares y/o económico, estando definidos los de utilidad militar por su situación en zonas de pasos de montaña y vías de comunicación, en cumbres difícilmente accesibles y reforzadas con sólidas estructuras defensivas (ejemplo de ello son San Felices, Ocenilla, Cabrejas, Cerro Almada, Sanvicente, etc.). Los restantes núcleos de habitación están, en su mayor parte, situados en cerros y plataformas a media altura, aprovechando la elevación del terreno como defensa natural, lo que se complementará con la excavación de fosos –muy habituales, y cuya anchura oscila entre los 4 y los 60 metros- y la fortificación de parte o de todo el perímetro del poblado – que se adecuan a las necesidades del terreno y que son edificadas con mampostería o aparejos mayores-, incluso mediante el levantamiento de torreones defensivos.

La distribución del espacio interno en los centros urbanos sigue un esquema previo con una calle central a lo largo de la cual se distribuyen las viviendas, adosadas unas a otras, de planta más o menos rectangular, construidas sus bases en piedra y el resto del muro en adobe y tapial con unas dimensiones que habitualmente rondan los 50 m², y divididas en 6 o 7 habitaciones.



ECONOMÍA


A partir de la asimilación de las innovaciones traídas a la península Ibérica por los denominados como Grupos de Campos de Urnas y los colonizadores mediterráneos desde el I milenio a.C. se produjeron importantes cambios en el modo de vida, la economía, la ideología, etc. de los pobladores, y con el paso del tiempo fueron evolucionando hasta llegar a finales del milenio. En líneas generales se puede afirmar que las actividades económicas de los pueblos celtibéricos responden a esquemas heredados de sus antecesores de finales del Bronce e inicios del Hierro.

Algo clave para comprenden la estructura económica es conocer la ocupación del territorio, que en época celtibérica tenía preferencia por las riberas y los valles fluviales, y como anteriormente se ha comentado, se estructura en asentamientos cada vez más jerarquizados, y con una cierta disminución del número de poblados con respecto al período anterior.

Asimismo es necesario hablar de la influencia del medio y el clima en la economía, y a este respecto hay que decir que la meteorología sería más o menos similar ala actual, aunque las fuentes latinas suelen hacer referencia al carácter “pobre” y “rudo” del paisaje, y el clima inhóspito del área celtibérica. La existencia de grandes masas forestales probablemente favoreció el aprovisionamiento de madera y la flora y fauna asociada, y la presencia de cursos fluviales proporcionó más recursos y facilitó la comunicación y el comercio.

En lo que se refiere a la agricultura, aparece mencionada en fuentes clásicas, como es el caso de algunos textos de Plinio –que habla de la recolección de dos cosechas de cebada al año-, Marcial –hace referencia a los productos de huerta de Bílbilis- o Diodoro –menciona la agricultura de los vacceos, que repartía cada año de forma rotativa y por sorteo las parcelas para el cultivo del cereal-. Gracias a las excavaciones se ha podido comprobar la presencia del cultivo de trigo, cebada, mijo o bellotas, y parece ser que también había una cierta difusión –aunque no generalización- de la vid y el olivo. Sin embargo no conservamos apenas información sobre los métodos de cultivo e irrigación.

La ganadería, según podemos deducir de los datos arqueológicos y de algunas breves referencias de los autores clásicos, estaba bastante diversificada, y es difícil establecer un porcentaje, si bien tenemos constancia de la presencia de bóvidos, suidos, ovicápridos, équidos, etc., a lo que hay que sumar los recursos alimentarios procedentes de la caza –jabalís, ciervos, perdices, etc.-n que complementaban la dieta de los celtíberos.

Eran muy importantes en la Celtiberia las actividades artesanales de diversa índole: en primer lugar se puede mencionar la elaboración de alimentos (producción de harina, bebidas de origen vegetal, leche, etc.), también la fabricación de vestimenta, empleando para ello tanto fibras de origen vegetal –especialmente esparto y cáñamo-como animal –cueros, lana y pieles-, actividad atestiguada por el hallazgo de fusayolas.

Asimismo destaca el auge que tuvieron entre los celtíberos actividades relacionadas con la alfarería, la minería y la metalurgia. En el caso de la alfarería, desde los siglos VI-V a.C. se recoge la presencia del torno, que se va generalizando por todo el espacio sobre todo desde el siglo IV en adelante, lo que supuso la difusión deformas y tradiciones mediterráneas, gracias a la especialización de los artesanos dedicados a la cerámica y al comercio. En el caso de la minería y la metalurgia, hay que decir que estas actividades se concentraron esencialmente en la zona del Moncayo y la zona extremo-occidental de la Meseta, en donde en hornos que alcanzaban entre 900 y 1150 grados aproximadamente, se fabricaron armas –puñales, espadas, lanzas, etc.-, herramientas de trabajo –hoces, picos, azadas, punzones, tijeras, etc.- y objetos suntuarios –adornos, vajillas de lujo, etc., realizados sobre todo con oro y plata, pero también en hierro, metal que era el más habitual para los restantes objetos-.

En cuanto al comercio, éste fue relativamente importante hasta el siglo III a.C. con pueblos de la propia Península, como se puede comprobar por la presencia de elementos de adorno de ámbitos como el ibérico y el tartésico, y desde la entrada de la Celtiberia en el marco de los conflictos mediterráneos y la expansión de Roma el ritmo de los intercambio comerciales aumentó exponencialmente –muestra de ello es la presencia de elementos como vajillas itálicas en la mayoría de los poblados-.

En relación con este aumento del comercio, surgió la necesidad de realizar pagos e impuestos, así como de establecer fórmulas para valorar los intercambios de un modo más exacto, lo que propició la aparición de la moneda. La acuñación, por influencia esencialmente de los romanos –algo discutido, pero defendido por distintos autores-, pero que siguió los modelos ibéricos, se inició entre finales del siglo III y principios del II a.C. empleando para ello la plata y el cobre, y se extendió por un territorio bastante amplio, hasta la actual provincia de Cáceres. En las monedas celtibéricas no se hace referencia a magistrados o gobernantes, sino que solo aparecen imágenes y leyendas que se han venido relacionando con topónimos de ciudades o gentilicios, aunque no se he llegado a una conclusión definitiva en este campo. En los anversos suele aparecer una cabeza masculina, y en los reversos hay mayor variabilidad: en los denarios de plata suele aparecer un jinete a caballo, y en los de bronce jinetes con distintas armas o instrumentos, medio caballo, etc.



RELIGIÓN Y NECRÓPOLIS

Hay pocas fuentes que nos permitan conocer la religión que profesaban los celtíberos, pero parece ser que ésta estaría muy relacionada con la religiosidad céltica del resto de Europa en general, y de la Península en particular, como parece indicar un fragmento de Estrabón, en el que se dice que “(…) los celtíberos y otros pueblos que lindan con ellos por el Norte; todos los cuales todos los cuales tienen una divinidad innominada a la que, en las noches de luna llena, las familias rinden culto danzando hasta el amanecer en las puertas de sus casas”. Esto se ha interpretado como el culto a la luna, relacionada con el Dis Pater céltico.

Una característica clave de la religión en la Celtiberia –y en general, en casi toda la península Ibérica- es la casi total ausencia de representaciones de las divinidades, aunque esto no implica que no existieran dioses, puesto que conocemos alrededor de una treintena de teónimos indígenas, pudiendo dividirse en dos grupos: divinidades de culto más general, como Lug, las Matres –que simbolizan la fecundidad de la tierra y las aguas- o la Epona –de simbolismo muy polivalente-., y divinidades relacionadas con un culto exclusivamente local.

En cuanto al culto, hay que señalar que no existen templos propiamente dichos, denominador común de los mundos céltico e ibérico, siendo lo ma´s común un santuario a cielo abierto –los autores antiguos se refieren a éste como hieron o locus consecratus- con gran importancia del simbolismo del punto central, el omphalos.

Otros aspectos importantes dentro de la religiosidad celtibérica son la existencia de la práctica del sacrificio colectivo, referido por los autores clásicos, pero que no es sencillo probar fehacientemente, aunque hay indicios de ello, la práctica de la adivinación, etc.

Y por supuesto hay que referirse a un elemento clave, como es el sacerdocio: las fuentes no refieren la existencia de una clase sacerdotal entre los celtíberos, pero no por ello se puede afirmar con rotundidad que no existieran, ya que hay indicios que pueden inducir a pensar que si, como el Bronce de Botorrita –que hace referencia a los kombalkes, acontecimientos como al “revuelta de Olíndico”, interpretado como caudillo numantino pero también como una especie de “druida” –Floro lo llama vaticinati-, etc.

En lo que se refiere a la concepción de la muerte dentro de la religiosidad celtibérica, hay que decir que no se concebía como un final definitivo, ya que creían en la inmortalidad del alma. Lo más habitual era la cremación de los cadáveres, pero no era la única forma, ya que también hay que destacar el rito de la exposición de los cadáveres de los guerreros en el campo de batalla para que fueran devorados por los buitres; no eran incinerados –esto lo describe Silio Itálico-, como se pone de manifiesto en la iconografía de algunos vasos cerámicos hallados en Numancia. De todos modos, y exceptuando estos casos, el ritual funerario más habitual consistía en la incineración del cadáver junto a sus efectos personales, siendo depositados los restos en hoyos o en el interior de una o varias urnas cerámicas que frecuentemente se protegen y calzan con losas de piedra de tamaño variable o se cubren con cuencos de cerámica, siendo generalmente los enterramientos individuales, aunque también haya casos de sepulturas colectivas.

En relación con estas creencias se relacionan las necrópolis, claves para estudiar y comprender este aspecto de la mentalidad:

Generalmente, las necrópolis celtibéricas se localizan en zonas llanas, en la proximidad a cursos de agua o en antiguos lugares de habitación. Dentro de ellas, se diferencian los ustrina –lugares donde se realizaba la cremación-, y los espacios donde se depositaban los restos del difunto. Uno de los aspectos que más destacados es la peculiar organización interna del espacio funerario: La mayor parte de las necrópolis son tumbas formadas por grandes piedras a modo de estelas indicando su localización, sin un orden interno, siendo habitual que las tumbas aparezcan agrupadas, aunque algunas necrópolis –sobre todo las situadas en la zona de Alto Tajo-Alto Jalón y Alto Tajuña-, se caracterizan por la deposición alineada de las tumbas formando calles paralelas, en algunas ocasiones empedradas, de longitudes variables. De todos modos, sea como sea el tipo de tumba, el número de enterramientos varía notablemente, así algunas necrópolis –como es el caso de la de Aguilar de Anguita- alcanzan las 5.000 tumbas, otras apenas llegan a las 100, apreciándose en muchos casos una intensa ocupación del terreno disponible, situándose las sepulturas unas al lado de las otras y superponiéndose a estratos anteriores.

En lo que se refiere a los ajuares funerarios, hay que señalar la gran disparidad y heterogeneidad de los objetos hallados en las tumbas celtibéricas, diferenciados por rango, sexo, edad, etc.: hay muchos realizados en metal (generalmente de bronce, hierro e incluso plata -incluyen armas, elementos de adorno y útiles-), los materiales cerámicos (desde la propia urna hasta vasos, bolas o fusayolas); objetos hechos de hueso, piedra o pasta vítrea, los realizados en materiales perecederos –que no se han conservado, pero cuya existencia conocemos gracias a las fuentes antiguas- como recipientes de madera o la propia vestimenta del difunto. En cuanto a la funcionalidad de los objetos del ajuar funerario, se considera que la mayoría tuvieron una función práctica, pero también encontramos elementos simbólicos.

El elemento quizá más destacado es el armamento. Lo más habitual es que estén presentes la espada, el puñal y armas de asta –en donde se incluyen lanzas, jabalinas, pilum y soliferra-, aunque tampoco es extraño encontrar cuchillos de dorso curvo, así como escudos (de los que solo conservamos las piezas metálicas -umbos, manillas y elementos de sujeción-). Asimismo, la panoplia de algunas tumbas incluía elementos defensivos como cascos y discos coraza, aunque dado su reducido número de hallazgos, debemos suponer que su uso estaría restringido al sector más privilegiado de la sociedad celtibérica.



LENGUA Y ESCRITURA

La lengua de los celtíberos o celtibérico pertenece a la familia de las lenguas célticas, muy difundida en la Antigüedad, y que procede de la rama indoeuropea. Presenta similitudes con otros dialectos de su rama, pero es más arcaizante que, por ejemplo, el galo, lo que nos hace pensar que debió de iniciar su diferenciación de de las restantes lenguas célticas en un momento relativamente temprano, y su entrada en la Península podría situarse –aunque es difícil de determinar con exactitud- antes del siglo V a.C.

Esta lengua la conocemos esencialmente gracias a los alrededor de 200 documentos epigráficos conservados, escritos tanto en alfabeto latino – en pocos casos, como es el caso de la inscripción de Peñalba de Villastar- como celtibérico –la gran mayoría-. Esta escritura fue tomada de la ibérica, sometiéndola, eso si, a una serie de modificaciones para adaptarla al propio idioma. El alfabeto celtibérico, que a su vez estaba subdividido en oriental y occidental, estaba compuesto por 26 grafemas, que podían ser alfabéticos y silábicos, pero fue relativamente pronto sustituido por el latino.

Los documentos conservador son de diverso tipo: téseras de hospitalidad, inscripciones en monedas, etc., pero los casos más destacados son, entre otros, el “Bronce de Borrotita” (cuatro placas de bronce, tres de las cuales –primera, tercera y cuarta contienen textos en lengua y escritura celtibérica -variante oriental-, mientras que el segundo contiene un texto en lengua y escritura latina el que se plasma la sentencia de un juicio celebrado el día 15 de mayo del 87 a. C. en Contrebia Belaisca. El primer bronce se supone que también debería ser un texto legal, pero no está del todo claro. El tercero es el texto paleohispánico de mayor longitud, y su contenido es, en esencia, una larga lista de fórmulas onomásticas en las que se identifica a unas 250 personas. El cuarto bronce está muy fragmentado, pero también lo podemos situar en la línea del primero de ellos) o el “Bronce de Luzaga” (una pequeña placa de bronce que contiene un texto en lengua y escritura celtibérica en su variante occidental, realizado con la técnica del punteado).



ARTE

El arte celtibérico forma parte de un sistema cultural constituido por un proceso de aculturación y evolución de elementos esencialmente célticos e ibéricos, que alcanzó su culmen alrededor del siglo II a.C., antes de cuando no hay conjuntos monumentales relevantes (que de todos modos nunca fueron habituales en la Celtiberia, a excepción de casos excepcionales como el de un edifico en Contrebia Belaisca).

Podríamos destacar la presencia ya en época tardía, de gran cantidad de mosaicos de influencia marcadamente itálica en los pavimentos de numerosas mansiones celtibéricas, destacando casos como la “Casa de Lakine” de Caminreal.

En lo que se refiere a la escultura, lo más reseñable serían los bajorrelieves de tipo heroico esculpidos en estelas funerarias en la zona cluniacense entre los siglos II y I a.C., así como algunos grabados hallados en Peñalba de Villastar con motivos geométricos, figuraciones humanas y animales...

Quizá el elemento artístico más destacado de la cultura celtibérica son los objetos suntuarios relacionados con la vestimenta realizados en metal –que como anteriormente se ah referido, don habituales en oro, plata y hierro-, como las fíbulas, los broches de cinturón, los pectorales etc., en donde se puede apreciar sobre todo la influencia ibérica, pero también la céltica. Un objeto especialmente destacado es el denominado como “Collar de Clares” o “Collar de la Sacerdotisa del Sol”, hallado en la necrópolis de Navafría.

Dentro del arte podemos incluir también el armamento, elemento este de una importancia enorme para los celtíberos, por la casi constante presencia de la guerra (el guerrero celtibérico –y más aún si se trataba de un jinete- era muy apreciado, y encontramos mercenarios de este origen en conflictos fuera de la propia península Ibérica ya en el siglo IV a.C.). Sobre todo, las ramas eran fabricadas en hierro mediante martillado, y eran muy habituales las espadas cortas (de 50-60 cm como máximo) con hoja de doble filo, punta bien definida y enmangues variados, aunque también los puñales de antenas desarrolladas, atrofiadas, de frontón y biglobulares; un tipod e lanzas de hierro de forma foliácea –que recibe distintos nombres: falárica, buerutum, gaesum saunión, trágula-; el soliferrum –arma arrojadiza de punta lanceolada-etc. En otros amteriales también se realizaban corazas defensivas, cotas de malla, hondas, arcos –poco habituales-, escudos, etc. El armamento tuvo un tratamiento artístico particular, como se aprecia en los repujados de cascos, corazas y escudos o en el damasquinado de algunas empuñaduras de espadas, puñales, etc.



CONCLUSIONES

Para concluir, se puede decir que este trabajo ha servido para hacerse una idea –muy genérica y superflua, eso si-, de la cultura celtibérica y su organización en todos los ámbitos, aunque sin profundizar demasiado por tratarse de un tema muy complejo y en el que cabrían demasiadas matizaciones.

Como resumen, hay que decir que la Celtiberia aún no ha podido ser estudiada en profundidad debido a la relativa escasez de fuentes, si bien las existentes han permitido que nos podamos hacer una idea general de la mayoría de ámbitos, que en el presente escrito se han intentado resumir en lo posible: los límites geográficos, aunque discutidos, estás moderadamente claros, la organización sociopolítica está ya esbozada, la religión también, el arte es bien conocido, el hábitat ha sido exhaustivamente estudiado –más en unas zonas que en otras, eso si-, etc.



BIBLIOGRAFÍA

BURILLO MOZOTA, F.; Los Celtíberos: etnias y estados. Crítica, Barcelona, 1998

BURILLO MOZOTA, F. (ed.); Gestión y desarrollo. Simposio sobre los celtíberos. Fundación Segeda, Centro de Estudios Celtibéricos, Zaragoza, 2005

BURILLO MOZOTA, F., PÉREZ CASAS, J. A., DE SUS, M. L., (eds.); Celtíberos. Diputación Provincial de Zaragoza, Zaragoza, 1988

ESTRABÓN; “Geografía de Iberia”. Alianza Editorial, Madrid, 2006

LORRIO, A.J.; Los Celtíberos. Real Academia de la Historia. Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2005

VV.AA.; I simposium sobre los celtíberos. Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1987



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AnarcoTerminator





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MensajePublicado: Vie Feb 18, 2011 12:23 pm    Asunto: Responder citando

¡Gran trabajo! Yo creo que tanto celtas como iberos eran los mismos pueblos que vivían en la península durante el Neolítico, aunque los primeros se "celtizaron" por la expansión indoeuropea y los segundos crearon una cultura propia con influencias de los demás pueblos mediterráneos.



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Nietzsche
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Xoel_1988





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MensajePublicado: Sab Feb 19, 2011 12:49 am    Asunto: Re: Responder citando

AnarcoTerminator escribió:
¡Gran trabajo! Yo creo que tanto celtas como iberos eran los mismos pueblos que vivían en la península durante el Neolítico, aunque los primeros se "celtizaron" por la expansión indoeuropea y los segundos crearon una cultura propia con influencias de los demás pueblos mediterráneos.


Me alegro que te haya gustado; aunque no es todo lo completo que debería, creo que a modo de síntesis general está bastante bien... Buf, el tema del origen de estos pueblso ha dado -y seguirá dando- mucho que decir, y la verdad es que prácticamente ningún autor ha acaabdo de dar con la respuesta definitiva... A ver si las nuevas investigaciones dan su fruto, pero mal lo veo... Si me entero de algo (quieras que no, estar en una Facultad de Historia me facilita enterarme de nuevos hallazgos y tesis serias...) lo comunico por aquí, jeje.


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