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VIENA 1683: LLEGUÉ, VI Y DIOS VENCIÓ.

 
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wad ras





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Ubicación: Granada (España)



MensajePublicado: Lun Sep 05, 2011 10:14 am    Asunto: VIENA 1683: LLEGUÉ, VI Y DIOS VENCIÓ. Responder citando

Se trata de una pequeña historieta que publiqué en su tiempo en la extinta Nueva Hispania. Acá la traigo de nuevo, en el lógico ejercicio de mis derechos de autor:

VIENA 1683: "LLEGÚE, VI Y DIOS VENCIÓ"


La victoria de la Cristiandad en la batalla de Lepanto supuso un gran balón de oxígeno para Europa, el peligro turco quedaba seriamente dañado, el mito de su invencibilidad destruido, y el prestigio de las armas cristianas recobrado tras sucesivas derrotas ante las numerosas, fanáticas y bien entrenadas huestes otomanas.

Pero la Cristiandad no aprendió de sus errores pasados, e incurrió en su viciada mecánica usual, es decir, la de las luchas fraticidas entre naciones cristianas. La Guerra de los Treinta Años devastó a naciones enteras de la Europa continental, e Inglaterra atraviesa una cruenta guerra civil entre realistas y parlamentarios que pasa una sangrienta factura.

Francia, por su parte, seguía siendo la gran traidora a la causa de la Cristiandad, y aun mantenía sus rentables relaciones con la Sublime Puerta. Nada quería saber Francia de nuevas cruzadas contra el otomano.

En estas que el peligro estalla de nuevo, el Sultán Mehmet IV y su Gran Visir Kara Mustafá son conscientes de la debilidad europea, y cuentan con el beneplácito de Luis XIV de Francia. Así que organizan y arman a un impresionante ejército de más de un cuarto de millón de hombres, tras lo cual, se disponen a descargar su sangriento sablazo yihadista de acuerdo con la estrategia tradicional otomana: por un lado, hacia el Mediterráneo, para seguir arrebatando islas y puertos a la Serenísima República de Venecia, por otro, hacia Centroeuropa, Hungría y el Imperio austriaco de los Habsburgo.

La desunión y debilidad de la Cristiandad se hace notar: la ofensiva turca parece sencillamente imparable, las posesiones venecianas van capitulando una detrás de otra, y el avance turco prosigue a sangre y fuego por las llanuras de Centroeuropa, sin que las reducidas tropas imperiales puedan oponer nada que no sea una resistencia dilatoria. Así, se llega a donde nadie pensaba, a las murallas de Viena, como en el anterior asedio de 1527.

El desánimo y el pánico cunde entre el orbe cristiano, el ataque otomano tiene toda la pinta de resultar imparable. Pero Dios no abandona a los que por la Fe combaten. De entre tanta miseria y decadencia, aparecen esos personajes que la Divina Providencia alumbra de vez en cuando para sacar fuerzas de flaqueza y alumbrar con su ejemplo a los desorientados, cual velas en un mar de oscuridad. En este ocasión, esos paladines de la Fe serán dos hombres: el Papa Inocencio XI y un aguerrido polaco que respondía al nombre de Jan Sobieski. Eran las personas adecuadas para el momento, y estuvieron disponibles en el momento requerido.

S.S. el Papa Inocencio XI, beatificado en el año 1956, es un hombre a todas luces excepcional. Como Cardenal de Ferrara destacó por sus extraordinarias virtudes caritativas, que le hacen ganarse el título de "Padre de los pobres". Desde sus tiempos de novicio, Inocencia XI era un acérrimo defensor del antiguo espíritu cruzado, el único factor que había permitido superar las diferencias entre naciones cristianas en aras del supremo fin.

Y en estas que el ataque turco se produce. Inocencio XI no pierde el tiempo en lamentaciones y gritos de pánico; es preciso actuar, y de forma rápida, no es el momento de caer en la desesperanza, así que moviliza a su magnífica plantilla de nuncios, personalmente escogidos por él, y formados en la diplomacia internacional más compleja. El objetivo está fijado sin medias tintas: ¡LA CRUZADA! Y para ello proclama el deber sagrado de todos los cristianos de Europa, de cualquier patria o condición, de acudir a socorrer la plaza sitiada de Viena y salvar Europa para la Fe de Cristo, con todas sus fuerzas, con su patrimonio, con sus vidas si fuere preciso. ¡AHORA, POR CRISTO, O SERÁ DEMASIADO TARDE! ¡OLVIDAD VUESTRAS RENCILLAS! ¡CRISTIANOS TODOS, CATÓLICOS, PROTESTANTES U ORTODOXOS! ¡ACUDID A VIENA! ¡SALVAD A VIENA!

La diplomacia pontificia empieza a tener sus frutos, de toda Europa llegan promesas de apoyo, tanto financiero como combatientes que se ofrecen a luchar por Viena. La vieja Europa, la hermandad en Cristo, renace de entre sus cenizas, y de las gargantas de todos se profieren oraciones por la resistencia del baluarte vienés sitiado.

El Ejército de refuerzo se pone al mando del Duque Carlos de Lorena. Pero formar un ejército es cosa lenta, hay que armarlo, entrenarlo, agruparlo en formaciones nacionales, coordinar su intendencia y clarificar la escala de mando. Los días pasan, y las semanas, y mientras tanto la tenaza turca se estrecha cada vez más y más.

Los asediados en Viena agradecen esas promesas y oraciones, pero les gustaría algo más. Los ataques turcos a las murallas se prolongan desde hace varias semanas, cada uno con mayor intensidad que el anterior. Las oleadas de asaltantes parecen infinitas, las brechas se multiplican, y la escasa guarnición imperial, 6000 soldados imperiales y 5000 milicianos civiles, no dan a basto para cubrirlas todas. Las autoridades vienesas escriben con desesperación al Duque de Lorena; no podrán resistir mucho más, y en todo caso, habrán sido aplastados por el ejército turco mucho antes de que los refuerzos prometidos lleguen siquiera a ver las hogueras del sitio. Ciertamente, no se les puede pedir mucho más a los sitiados, han resistido con bravura hasta dieciocho ataques, precedidos por infernales barreras artilleras, y varias veces se han jugado el todo por el todo en salidas temerarias con las que consiguen un breve respiro. La carta de auxilio reza así: "NO PERDÁIS MÁS TIEMPO, CLEMENTÍSIMO SEÑOR, NO PERDÁIS MÁS TIEMPO".

Las llamadas de auxilio llegan a oidos del Papa Inocencio XI, que tras rezar y encomendarse al Altísimo, alumbra una feliz idea: el ejército cristiano que necesita Viena, ese ejército ya preparado, listo para el combate, fogueado en la lucha, compuesto por soldados veteranos de probada lealtad, expertos en las tácticas otomanas, ese ejército... ¡EXISTE! El Papa interrumpe sus oraciones y ante la sorpresa de sus nuncios exclama: ¡GRACIAS DIOS MIO! ¡LOS POLACOS! ¡RÁPIDO, MANDAD UN CORREO URGENTE". ¿Pero a quien Santidad? El Papa Inocencio, con una sonrisa misteriosa, responde: "a la atención de Su Excelencia el Duque de Lorena y a la del SERVIDOR DE CRISTO, JAN SOBIESKI, REY DE POLONIA".

La sorpresa es mayúscula entre los nuncios. Polonia era entonces apenas una desconocida para la Cristiandad occidental, apenas un Reino volcado en su ancestral lucha contra los rusos en Ucrania. Católicos fervientes, rodeados de ortodoxos y protestantes, nunca pierden la oportunidad de demostrar su habilidad en la principal de sus armas: LA BRAVA CABALLERIA POLACA, fieros y rudos jinetes, con alas en sus cascos, que suelen llevar el terror a las filas enemigas. Cierto que hasta ahora no se las han visto con grandes ejércitos otomanos, y que no han estado muy implicados en la política imperial que digamos. Pero nada se pierde con intentarlo, y desde luego, es el único remedio posible, piensa el Papa Inocencio.

Así que el correo pontificio llega raudo al Cuartel General del Duque de Lorena, quien no oculta su escepticismo. Pero a falta de algo mejor, da el visto bueno y llama a Sobielski. Le expone el proyecto: "¿se siente Su Excelencia capaz de afrontar la empresa? Le prevengo de que me parece muy temeraria, por no decir suicida".

Por lo visto, el Duque de Lorena no sabía con quien hablaba. Sobielski es el nuevo Juan de Austria que necesita la Cristiandad, el hombre de Fe que no teme dar la vida si está en Paz con Dios. Así que, sin dudarlo un momento, responde, a sabiendas de que sus oficiales, allí presentes, le acompañaran a la muerte si es preciso: ¡MI SEÑOR, MARCHAREMOS SOBRE VIENA, Y VENCEREMOS, O NO REGRESAREMOS! Sus oficiales, la flor y nata de la nobleza guerrera polaca, algunos de ellos imberbes muchachos, apenas pueden contener la emoción, saben que se enfrentan a un enemigo muy superior, pero ni por un momento dejan entrever su temor. Son polacos, son cristianos, el sucesor de Pedro les ha encomendado una misión vital y a ella se entregarán en cuerpo y alma. La Cristiandad ha depositado sobre sus hombros una enorme responsabilidad, y por Dios que han de asumirla, cueste lo que cueste.

Sobielski se pone en marcha sin demora, seguido a gran distancia por el contingente principal al mando del Duque de Lorena, no hay tiempo que perder. Los sitiados en Viena ya no tienen fuerzas ni para sostener sus armas. Así que los polacos cabalgan a marchas forzadas, les mueve la necesidad de salvar a los vieneses que tan bravamente han soportado el ataque turco, se saben la última posibilidad de esas gentes, y como muchos empiezan a intuir, de toda la Cristiandad. Ellos han oido de sus padres y abuelos de lo que son capaces esos turcos con quienes caen bajo sus armas, y no quieren ni imaginar por un sólo momento ese infierno dantesco por toda Europa. ¡NO, ESO JAMÁS! ¡ATACAREMOS, Y VENCEREMOS!

Los turcos, confiados, duermen en sus tiendas de campaña. Su servicio de espionaje les ha avisado del socorro polaco, pero el Gran Visir lo descarta con un gesto de desprecio: ¡los aplastaré como a moscas! ¡no podrán entrar en Viena! ¡se dirigen a sus propias tumbas esos infieles! El problema es que los polacos no tenían intención de entrar en Viena... SINO DIRECTAMENTE ¡EMBESTIR CONTRA EL CAMPAMENTO PRINCIPAL OTOMANO!

Los centinelas turcos, apostados sobre la colina de Kalhenberg, no dan crédito a sus ojos. Y antes de que asimilen lo que pasa, una apisonadora les ha barrido. Los polacos siguen avanzando, a menudo viendo como sus compañeros caen fulminados, pero la orden es atacar, no detenerse bajo ninguna circunstancia. Los claros entre los polacos empiezan a ser horribles. La superioridad numérica otomana impone su sangrienta lógica. Pero esos polacos no van cesar ahora, han llegado con una labor, y además se sienten honrados por asumir la defensa de toda la Cristiandad, así que redoblan sus esfuerzos, hasta que en el fragor del combate oyen la voz sobrehumana de Sobielski: ¡ANIMO, CRISTO Y POLONIA OS CONTEMPLAN! Y la carga se reanuda, aun con mayor fiereza.

Esto es más de lo que podían esperar los turcos, estos malditos polacos no van a detenerse nunca, y además llegan noticias de que se acercan refuerzos cristianos. ¡SÁLVESE EL QUE PUEDA!

Las campanas de Viena repican sin parar, miles de voces famélicas cantan Te Deum. Las mujeres de Viena, no obstante el hambre y debilidad padecidas, salen por millares de entre las murallas derruidas, quiere curar son sus manos las heridas de esos jóvenes polacos que, de lejanas tierras, acudieron a su rescate. Los heridos de gravedad reciben la extremaunción, pero antes de dar su último suspiro se incorporan para ver a su Rey, Jan Sobieski, pasearse entre ellos: ¡HIJOS MÍOS, DIOS NOS HA CONCEDIDO LA VICTORIA! ¡HOY NO SOY VUESTRO REY, SOY UN JINETE POLACO MÁS!


P.D. Mensaje de Jan Sobieski a S. S. el Papa Inocencio XI: "VENI, VIDI, DEUS VINCIT".

"LLEGUÉ, VI Y DIOS VENCIÓ"



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MensajePublicado: Mar Sep 06, 2011 3:46 am    Asunto: Responder citando

Excelente y vibrante.

Saludos.



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